¿EVOLUCIÓN O RECONSTRUCCIÓN? Comprender el cambio sin llamarlo ruptura

No estábamos rotos, estábamos cambiando

Durante mucho tiempo creímos que algo en nosotros se había roto. Nos sentimos quebrados, cansados, desarmados por lo vivido. Hubo momentos en los que nos pisotearon, otros en los que quedamos hechos polvo, y muchos en los que no logramos reconocernos. Sin embargo, con el tiempo entendimos que no estábamos rotos. Estábamos cambiando.

Estar roto parecía un final, algo que ya no servía. Cambiar, en cambio, fue un proceso. A veces incómodo, a veces doloroso, pero profundamente vivo. No era una falla: era movimiento. 

Este proceso suele venir acompañado de emociones incómodas —como la culpa y el miedo— que no siempre sabemos cómo sostener.

Río fluyendo, con un cielo cambiante, que simbolizan un proceso de cambio y transformación personal.


Somos movimiento constante

Comprendimos que siempre habíamos estado en cambio, incluso cuando creíamos permanecer iguales. Somos un conjunto de células en constante renovación. Nada en nosotros permanecía intacto demasiado tiempo. Pensamientos, emociones y decisiones pequeñas nos transformaban silenciosamente.

Éramos como un río. Podíamos volver al mismo lugar, mirar el mismo paisaje, pero el agua ya no era la misma. Tampoco nosotros. Aferrarnos a versiones pasadas de quienes fuimos fue intentar detener un flujo que nunca se detuvo.

Durante ese proceso también entendimos el riesgo de definirnos a partir de una sola etapa, una herida o un rol que alguna vez nos sostuvo. Aquello que nos dio identidad y seguridad terminó, en algunos casos, limitándonos. 
Ni siquiera quienes nos conocían desde hacía años podían decir con certeza quiénes éramos en ese momento. Porque seguíamos cambiando. Porque cada experiencia nos atravesaba de forma distinta. Porque lo que antes dolía, después enseñaba; y lo que sostenía, con el tiempo dejaba de hacerlo.

Reducirnos a una sola versión fue negar la posibilidad de crecer.


Reconstruirse no fue volver atrás

Reconstruirnos no significó regresar a lo que éramos antes de la herida. Significó integrar lo vivido y permitir que nos transformara. No volvimos a ser los mismos porque ya no lo éramos, y eso no fue una pérdida, sino la consecuencia natural de haber atravesado un proceso.
Después del punto de no retorno, ya no se trataba de encajar en la vida que dejamos atrás, sino de aprender a habitar la que estábamos construyendo, incluso cuando aún se sentía frágil.


No rotos, sino vivos

Con el tiempo lo entendimos: no estábamos rotos.
Estábamos vivos.
Y estar vivos implicó cambiar, soltarnos, reconstruirnos y volver a intentarlo. Aceptar que no todo tenía que estar resuelto, que no todo lo que se quiebra se pierde, y que muchas veces lo que llamamos ruptura fue, en realidad, el inicio de una forma más honesta de estar en el mundo.

Hubo un momento en el que entendí que no había vuelta atrás: solo aprender a sostenerme desde lo que ya soy. 


💬 Para cerrar:
¿Hubo un momento en tu vida en el que confundiste el cambio con estar roto?
Te leo 🤍

Si estas palabras resonaron contigo y crees que podrían acompañar a alguien más, compártelas.

Escrito por. Diana P. Ortiz 
@dolunana

Comentarios

  1. Así es... cambiamos permanentemente!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por acompañarme en este espacio de reflexión y crecimiento.
      Un abrazo,
      Diana

      Eliminar
  2. A tu pregunta ... Para mí el cambio siempre a supuesto romper con aquello que me impedía crecer! Una ruptura maravillosa!
    Gracias por permitirme reflexionar!

    ResponderEliminar
  3. El cambio nos permite cruzar barreras, y darnos cuenta de lo que podemos alcanzar si salimos del área de comfort.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares