RECONOCER LOS LIMITES TAMBIÉN ES AVANZAR

Cielo cubierto por densas formaciones de nubes iluminadas desde detrás por la luz del sol, sobre edificios urbanos. La imagen transmite una sensación de incertidumbre, pero también de esperanza.

Hay días en los que todo parece cubierto por nubes. Aun así, la luz sigue encontrando la forma de atravesarlas.


Esta semana será algo diferente lo que compartiré con ustedes.


Aunque me he esforzado por mantenerme fuerte, firme y resiliente, la verdad es otra.


Mi cambio de empleo a la confitería, aunque al principio parecía la bendición que necesitaba en ese momento, terminó convirtiéndose en una de las pruebas más difíciles que he enfrentado en los últimos años.


Me encontraba en uno de mis mejores momentos de ánimo y confianza. Me sentía capaz de afrontar cualquier reto y quizá por eso no vi venir todo aquello a lo que tendría que enfrentarme.


Con el paso de los días fue evidente que no solo estaba perdiendo tiempo de descanso y dispersión. También estaba perdiendo energía física, espiritual y, aún más importante, emocional.


Eso me ha llevado hasta hoy.


Me duele reconocer cuánto retrocedí emocionalmente durante estos tres meses. Sentí que volvía a caer en el pozo, quizá con más fuerza que antes, hasta el punto de llegar a pensar en rendirme ante la vida.


Y cuando estás en ese estado, no logras ver la salida. Por más que buscas una puerta o una ventana, solo encuentras paredes. Te cuesta mantener una actitud positiva y aún más confiar en que las cosas mejorarán algún día.


Dicen que “lo que crees, lo creas”, pero cuando el desánimo te consume, incluso las palabras de esperanza pierden fuerza. Aunque te esfuerces por confiar, en el fondo aparece esa voz que insiste en que todo seguirá igual, que la suerte nunca estará de tu lado y que el futuro no traerá nada diferente. Y entonces, sin darte cuenta, la vida parece darte la razón.


Hace apenas unas semanas escribía sobre la espera y el peso de las expectativas. Sobre cómo, muchas veces, cargamos una maleta demasiado pesada mientras atravesamos procesos que no podemos acelerar ni controlar. Hoy releo aquellas palabras desde otro lugar. Porque ahora entiendo que, además de aprender a esperar, también he tenido que aprender a detenerme.


Hoy, más que una reflexión, estas palabras son una forma de poner nombre a todo lo que me ha atormentado durante estos últimos meses. También al sentimiento de culpa que apareció después de tomar una decisión que me dejó, una vez más, sin empleo.


La culpa golpea mi puerta una y otra vez.


Me reprocho no haber resistido más. Me cuestiono si debí aguantar un poco más, si tomé la decisión correcta o si fallé cuando más se necesitaba de mí. Son preguntas que aparecen con frecuencia y que todavía estoy aprendiendo a responder con compasión.


Sin embargo, no todo ha sido oscuridad.


Gracias a mi familia, a mis amigos y al acompañamiento terapéutico, he logrado seguir avanzando. Quizá con pasos pequeños, pero constantes. Ellos me recuerdan cada día que vale la pena seguir intentándolo.


Durante estos meses también he tenido la oportunidad de compartir momentos muy valiosos con mi padre. Instantes sencillos que me han recordado que la vida ocurre mientras estamos ocupados intentando resolverlo todo. Momentos que me han ayudado a recuperar algo de perspectiva cuando sentía que todo se derrumbaba.


Y si algo me han enseñado estos meses, es a reconocer mis límites. He aprendido más sobre cómo responde mi cuerpo, mi mente y mis emociones ante determinadas cargas laborales. Un aprendizaje que, aunque doloroso, me permitirá tomar decisiones con mayor claridad y conciencia en el futuro.


Quizá parte de madurar no consiste en demostrar cuánto podemos soportar, sino en reconocer cuándo el precio que estamos pagando es demasiado alto.


Durante mucho tiempo pensé que rendirse era abandonar. Hoy empiezo a comprender que, en ocasiones, retirarse de una situación que nos está destruyendo también puede ser una forma de cuidarnos.


No escribo esto porque tenga todas las respuestas.


Lo escribo porque sé que, a veces, seguir adelante también consiste en reconocer que estamos cansados, que hemos caído y que necesitamos ayuda para volver a levantarnos.


Lo escribo porque sé que detrás de muchas sonrisas existen batallas silenciosas que nadie ve. Y porque quizá alguien que lea estas palabras necesite escuchar que no está solo en medio de su propia tormenta.


No sé cuánto tiempo me llevará recuperar el equilibrio que sentía antes de comenzar esta etapa. Tampoco sé qué oportunidades llegarán ahora o qué decisiones tendré que tomar más adelante.


Lo único que sé es que sigo aquí.


Sigo intentándolo incluso en los días en los que la esperanza pesa menos que el miedo. Sigo aprendiendo a escuchar mis límites sin sentir que he fracasado por ello. Y sigo creyendo que cada paso, por pequeño que parezca, también cuenta.


Porque a veces creemos que estamos retrocediendo, cuando en realidad estamos aprendiendo hasta dónde podemos llegar sin perdernos a nosotros mismos.


Si has pasado por una etapa en la que sentiste que estabas retrocediendo cuando en realidad estabas aprendiendo algo importante sobre ti mismo, me encantaría leerte en los comentarios.


💬 ¿Cómo has afrontado esos momentos en los que la vida parecía cerrarte todas las puertas? ¿Qué aprendiste de ellos?


A veces compartir nuestras experiencias nos ayuda a descubrir que no estamos tan solos como creemos.


Escrito Por. Diana P. Ortiz C.

Comentarios

Entradas populares