CUANDO LOS ANIMALES NOS ENSEÑAN A SER HUMANOS

Fotografía de una vaca en primer plano en un entorno natural, representando la sabiduría animal, la empatía y la convivencia entre humanos y otras especies.

Tal vez no somos tan superiores

Como amante de los animales y desde mi profesión como médica veterinaria, he podido observar durante años el comportamiento de aquellas especies que solemos llamar “inferiores”. Y cuanto más las observo, más me cuestiono ese término.

Recuerdo que cuando era niña pensaba que algún día me gustaría hacer un estudio en el que se analizara psicológicamente a una persona antes de permitirle adoptar o tener un animal en su vida. La idea era simple, aunque entonces no supiera ponerle palabras: evitar que seres indefensos cayeran en manos de personas violentas, negligentes o incapaces de respetar la vida.

Con el tiempo, lejos de parecerme una exageración, esa idea se fue afirmando. Hoy incluso pienso que no solo deberíamos evaluar a quienes desean tener un animal, sino también a quienes asumen la responsabilidad de criar a otro ser humano. Porque tener poder sobre una vida —cualquiera que sea— debería implicar conciencia, responsabilidad y límites.

La violencia siempre estuvo ahí

Hace poco escuchaba en un podcast que fue la palabra lo que nos hizo “civilizados”. Dejamos de golpearnos para resolver conflictos hablando. Y esa idea, lejos de tranquilizarme, confirmó algo que siempre he intuido: la violencia siempre ha estado en nosotros. La diferencia es que, con la evolución, hemos aprendido a canalizarla… o al menos a disfrazarla.

Lo que los animales nos enseñan sin palabras

Los animales, en cambio, nos enseñan algo que muchas veces olvidamos: la verdadera humanidad.

La compasión.

El respeto por la vida.

El equilibrio con la naturaleza.

Ellos comen por necesidad, no por placer. En situaciones extremas hemos visto especies distintas conviviendo, apoyándose, compartiendo espacio para sobrevivir. Han aprendido a coexistir con nosotros, sus principales depredadores. Se han adaptado, han modificado su comportamiento y hasta su hábitat para seguir existiendo.

Y aun así, somos nosotros quienes los llamamos plagas. Peligros. Molestias.

Cuando el poder se convierte en abuso

Los hemos utilizado para nuestro beneficio y satisfacción, muchas veces sin necesidad alguna. Los hemos tratado como objetos, como cosas reemplazables, olvidando que nuestra función debería ser protegerlos o, al menos, convivir sin traspasar límites. Somos la única especie capaz de extinguir a otra por mera satisfacción.

Tal vez, en algunos aspectos, deberíamos ser más animales.

Más sabios para respetar el hábitat que nos sostiene.

Más conscientes en nuestra forma de alimentarnos.

Más presentes para disfrutar lo que el día a día nos ofrece sin necesidad de dominarlo todo.

Quizá la verdadera evolución no esté en sentirnos superiores, sino en aprender —por fin— a convivir.

Invitación a reflexionar.

Tal vez la pregunta no sea si los animales son inferiores, sio si nosotros estamos siendo dignos del lugar que ocupamos. 
¿Qué tipo de especie estamos siendo cuando tenemos el poder de proteger y elegimos ignorar?


Diana P. Ortiz C.
@dolunana


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